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Palabras del Pastor

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Lucas (18,9-14)

Muy queridos hermanos y hermanas, que la paz de Jesucristo reine siempre en vuestros corazones. Finalizamos el mes de octubre y tenemos que agradecer al Señor por regalarnos dos importantes eventos en la vida de nuestra Iglesia: El Mes Misionero Extraordinario, con el cual el Papa nos ha recordado que debemos ser conscientes del Bautismo que hemos recibido y el compromiso de ser enviados a evangelizar y anunciar a Jesucristo; y por el Sínodo de la Amazonia, llevado a cabo en la ciudad de Roma, el anhelo del Papa en este Sínodo es encontrar nuevos caminos para la Iglesia y buscar una ecología integral. Han concluido estos dos grandes eventos, comprometámonos a ser “Bautizados y Enviados” y a cuidar esta Casa Común que Dios nos dio.

 Nosotros como discípulos del maestro continuamos acompañando a Jesús, durante este mes Él nos recordó el tema de la fe, nos dijo que debemos poner confianza en sus promesas y también en ser agradecidos por todo lo que hace por nosotros. Nos ha enseñado que la fe debe ser perseverante, no debemos desanimarnos ante cualquier circunstancia que se nos presente, la fe es el sustento de nuestra vida ordinaria y debemos fortalecerla para seguir adelante en nuestro camino cristiano.

En esta oportunidad Jesús hace una relación entre la fe y la forma de vida, el cómo debe actuar un discípulo del maestro y pone como referencia a los fariseos, que aparentaban ser justos, santos, buenos en el cumplimiento de la ley de Dios; pero tenían el defecto de creerse mejor que los demás y despreciarlos. Por eso nos pone la Parábola del Publicano y el Fariseo. Dios observa la actitud de ambos, el fariseo empieza con una presentación exagerada: que cumplía los mandamientos, que daba limosna, se jactaba de su justicia y sobre cómo era mejor que el publicano; allí viene su pecado, él despreciaba a su hermano que estaba en la puerta del templo. Jesús dice que Dios no escucho ese corazón soberbio, orgulloso, encerrado en sí mismo; en cambio el publicano, de rodillas pedía a Dios que se compadezca de él porque era un pecador. El corazón

de Dios se abrió para ese publicano, porque era humilde, reconocía su condición y esperaba misericordia.

 Los discípulos de Jesús están invitados a tener una fe que los haga humildes, no orgullosos o soberbios, sino una fe que se ponga siempre al servicio de los demás. La verdadera fe en Dios descubre quienes somos, descubre nuestras capacidades, nos lleva a ponerlas al servicio de los demás y a construir una actitud similar a la de Jesús como servidor; o de María, la humilde esclava del señor.

Hermano y hermana hagamos una evaluación esta última semana de octubre, para saber si nuestra fe está siguiendo el camino de Dios. Seamos personas humildes y sencillas, pero que ponen todo al servicio de los demás y pidamos al Señor que nos ayude esta última semana. No dejemos de rezar por la Iglesia Misionera y por la zona amazónica, Cristo debe estar presente en sus hijos e hijas al lado de los hermanos estas comunidades nativas, cuidando el don precioso de nuestra Casa Común, que Dios nos colme de bendiciones.

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, Amén.

+ Richard Daniel Alarcón Urrutia

Arzobispo Metropolitano del Cusco

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